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"Titanic, el único pasajero argentino a bordo"

Quien está visitando y atisbando esta página en la red mundial, consultando artículos del hogar, modernísimos electrodomésticos, pinturas, cerámicos, lujosa grifería, completas herramientas y toda la enorme variedad de artículos que exhibe Dick Haus, quizás jamás se imagine encontrar una relación con aquel soberbio transatlántico que fue el Titanic.

Es esta una historia de la vida, breve por cierta, de Edgardo Andrew, tío-abuelo de la familia Dick, que se embarcó el 10 de abril de 1912 a bordo del Titanic, en su viaje inaugural. Es una historia de tantas, como la de cada pasajero o tripulante de aquella nave que se hundió irremediablemente el 15 de abril, pero que está rodeada de un halo de incógnitas sorprendentes: transita por la juventud del muchacho, sus cariños, una última y profética carta dejada a una amiga, y su valija, que aparece ochenta y ocho años más tarde, en el fondo del océano.

Edgardo (o Edgar como le decían) Andrew, nació el 28 de marzo de 1895, en “El Durazno”, fastuosa estancia en el sur de la provincia de Córdoba, Argentina, cerca de San Ambrosio, y cuyo dueño era Ambrosio Olmos (luego la heredaría su viuda, Adelia María Harilaos). Era hijo de Samuel “Sam” Andrew y Annie Robson, unidos en matrimonio el 18 de octubre de 1882, inmigrantes ingleses provenientes de Whitby, Yorkshire, en el Reino Unido. Tenía seis hermanos, todos mayores, también nacidos en el país
. 1

Creció en la vasta estancia, aprendió a andar a caballo, fue al colegio, pero prefería el campo, curar a los
perros y gatos; ayudó a combatir las mangas de langosta que asolaban la región, era cariñoso, consentido y “picaflor” con las chicas. Observaba a sus hermanos, sobre todo al mayor, marino, a quien llamaba Ingeniero, casi siempre ausente pero que le escribía postales, a Wilfred, administrador de “El Durazno” que conducía con firmeza sus responsabilidades y a Ethel, nuestra abuela, casi una segunda madre.

Corría el año 1911. La madre de Edgardo, tras un intercambio epistolar con Alfredo, a la sazón en los Estados Unidos, acordaron en secreto enviarlo para allá con la esperanza de que su hermano más grande lograse convencerlo de ir al país de sus padres a estudiar o al menos a hacer algo. Edgar decidió no entrar en la Armada - escribió Annie - y tampoco quiere ir al Colegio Nacional de Córdoba...
Al fin, Edgardo partió y dejó llorando a su madre. La valija de cuero claro que apreciaba tanto, regalo de su hermana Ethel, se llenó de cosas para Alfredo, más algunos libros ya acumulados a la fuerza por su hermana, un buen diccionario bilingüe entre ellos, poca ropa, un buen cepillo para los cabellos y toallitas blancas con monogramas, habilidad de Annie.

Se despidió de su amigo Pancho Despósito (en realidad se llamaba Rómulo), unos años mayor y de visita por esos pagos, pues estaba terminando sus estudios de médico veterinario en La Plata. Rómulo, una vez recibido, tenía la promesa bajo el brazo de continuar sus estudios en Turín me voy a especializar en vacas lecheras había comentado muy serio, y viajaría con una beca otorgada por la mismísima señora de Olmos.

1- Silvano Alfredo, Isabel Mercedes, Wilfred, Ethel Ana, Hilda y William Henry.

Quizás nos veamos en Europa, pues hasta allá no paro había asegurado Edgardo a su amigo, y le había dado un fuerte abrazo.
En Buenos Aires, el benjamín de los Andrew se hizo retratar con su hermana Ethel y con una amiga de la familia, la señora Cowan, madre de Josey, muchacha bella y menuda. Luego, lo embarcaron en el SS Vasari, en segunda clase, rumbo a los Estados Unidos.

Wilfred había escrito a Silvano:
Para esta fecha ya lo tendrás al Sr. Edgard bajo tu ala y que espero haya llegado bien después de
tan largo viaje, esta retirada le hará una gran mejora que jamás la podrá agradecer, tu sabes cómo á estos les ha faltado el padre cuando más lo necesitaban...

Llegó a Nueva York el 5 de mayo de 1911 y allí el jovencito se encontró con su hermano Alfredo en las
oficinas que tenía la Armada argentina. Se dieron un enorme abrazo y fueron a recorrer la ciudad, como dos buenos cómplices. Una semana más tarde, viajaron a Quincy, lugar donde estaba el astillero en donde se construía el acorazado Rivadavia, y se alojaron en el hotel “Green Leaf”. Ya, para ese entonces, Silvano en postura de padre, había tomado contacto con su tío Henry Robson, de Bournemouth, Gran Bretaña, quien se había ofrecido generosamente a alojar los fines de semana al muchachito y a proponer un buen colegio para su educación, el “Collegiate School”.

Edgardo no protestó, puso buena cara y siguió divirtiéndose. Viajaría en junio.

Cuando en Inglaterra ya hacía calor, Edgardo cursaba el “Collegiate School” y escribía bastante. A su hermana Hilda le dedica alegres párrafos desde las playas de Sandbanks:
Recibí tu apreciable carta y el otro día recibí una de mayo, más vieja que el tabaco... Que quieres hermana, aquí me encuentro en la bella Inglaterra... me estoy divirtiendo como tu no te puedes imaginar... aquí me baño todas las mañanas en el mar, en compañía de mis cuatro primas... son tan buenas, y me enseñan como expresarme en inglés á las muchachas, á pesar que no se me para la lengua, aunque medio masticado, pero en inglés acriollado, voy progresando un poco...
El colegio estaba en la parte alta de la ciudad, a cinco minutos del mar y los acantilados, y era un edificio de tres pisos con frente al sur. El director, señor Whitfield, había asegurado a los muchachos que el objetivo de la institución era proveerles “un entrenamiento general en los hábitos de precisión y diligencia, instilando los principios del derecho y proporcionando una educación tal, que les permitiría desenvolverse con éxito en su vida profesional y comercial futura”. La matrona, señora Whitfield, era agradable y tanto los profesores residentes como los visitantes eran normales. Hizo gimnasia, se bañó en el mar y aprendió el críquet.
El primer día acudió con su bolso azul, lleno de las cosas que le habían pedido: trajes, pantalones, camisas, abrigos, doce cuellos blancos, doce pañuelos, solamente cuatro pares de medias - le pareció extraño -, guantes y corbata, un Mackintosh, cubiertos, servilletas, toallas, sábanas y fundas, botines, elementos de aseo y ropa de gimnasia. Todo comprado por Henry junto a la contribución del colegio, a cuenta de Alfredo.

Una noche, dolorido de su brazo por los efectos de un mal que alguien suponía reuma, releyó la carta de su madre, fechada el 27 de noviembre de 1911, salteando sus notas acerca de las papas, las flores y la lluvia:
... Ahora tendrás tus vacaciones de Navidad y podrás reponerte de tu brazo... Te extrañamos mucho, mi muchacho, pero el tiempo pasará rápido... trata de aprender lo más que puedas... le dimos el mensaje a Josefina, tal como lo pediste... tu madre que te adora...

- Sí niña Esia había escrito Edgardo a su querida hermana Ethel Andrew a cada santo le llega su turno... refiriéndose al casamiento de su hermano mayor Silvano, quien lo había invitado formalmente para el mes de abril de 1912 a su boda; y continuaba imaginando: ... hoy le escribo al Ingeniero preguntándole la fecha de su enlace, para tener una gruesa de cohetes preparadas, para despedirlo de la vida de soltero. ¿Qué te
parece hermana, nos irá invitar para los pasteles? Oh, eso me va ligar a mí solito pues todavía hay esperanzas de dar otra vueltita por los Estados... aquí en Inglaterra está por estallar una huelga de carbón...

Bueno Josey - reanudaba el jovencito con una carta a su amiga Cowan quien venía en viaje a Inglaterra -, espero que haga buena amistad con las primas, la prima favorita mía es Nell así que se la recomiendo; aunque, como usted sabe que los ingleses siempre al principio son un poco fríos, ó más bien dicho cortos de genio pero enseguida se harán amigas... Dentro de tres días me embarco para Nueva York, pues parece que Alfredo quiere que trabaje en compañía de su prometida Mrs. Fisher.

El tiempo corría, las cartas a despachar se acumulaban en el escritorio de Edgardo y él se sentía como en medio de un cataclismo, agobiado alegremente por las emociones y por el ritual de la proximidad de un viaje oceánico. En su escritorio observaba el billete de segunda clase para el Oceanic fechado el 17 de abril; en su memoria, los recuerdos frescos de la última carta para su hermanita Ethel... recibí tu linda y larga carta por la que te doy mis más infinitas gracias pues, de los que me escriben de esa, eres la más noticiosa... Aquí está por estallar una huelga de carbón, date cuenta un poco, si es que estalla la huelga, se pararán los ferrocarriles y vapores, y pobre Inglaterra entonces, parece que no dejarán entrar carbón de otras naciones...
Después, se dedicó a la valija. Acomodó sus libros de poesía, gramática, geografía y matemáticas, sus cartas, postales y papeles, su sombrero de paño comprado en Peter Bennet y las gastadas pantuflas, el tintero y el cepillo ovalado con mango de madera para sus cabellos. Dejó algún lugar para cosas de último momento.
Sintió unos golpecitos en la puerta y alguien que abría.
- Hola, tía.
- Edgardo, tenemos buenas noticias. Vino un mensajero con un aviso de la White Star, pidiendo disculpas, te embarcas en el Titanic, el flamante transatlántico que está...
- ¡Pero cómo es eso! se agitó Edgardo mirando plenamente a su tía, que ya había entrado, sentándose en una silla el Titanic zarpa antes, según entendí, tía, y pronto llegan los Cowan...
- No lo sé, Edgardo, algo del carbón, entendí decir, la huelga, sabes...

En la noche del 8 de abril, escribió una larga carta a Josey, cuyas líneas centrales habrían de ser fatídicas:
Figurese Josey que yo tenía que embarcarme el 17 de este en el “Oceanic”, y a causa de la huelga de carboneros dicho vapor no puede partir, asi que tengo que embarcarme una semana antes por el “Titanic”. Realmente parece increíble que tenga que irme unos cuantos días antes de su llegada, pero que hacerle, tengo que marchar.
Figurese Josey que me embarco en el vapor mas grande del mundo, pero no me encuentro nada de
orgulloso, pues en estos momentos decearía que el “Titanic”esuviera sumerjido en el fondo del oceano.

En Bournemouth, Edgardo fue a comprar, a último momento, unos pares de zapatos. Fue caminando por la Commercial road hasta la reputada Morton's y entró. El dependiente le mostró varios pares, entre los que abundaban modelos puntiagudos tipo “Portman”, “Arundel” y “Curzon”, y que al joven le parecieron un poco afeminados. Se decidió por un par de “Highland”, especiales para terrenos húmedos, y otro más de vestir, para ocasiones paquetas, un hermoso par algo angosto, con un ribete color crema en la punta. Abonó su buen precio y se despidió A la tarde, cerraba su única valija y comenzaba a despedirse.
- Te acompañaré, sobrino le había asegurado el tío Henry . Tomaremos el tren especial que viene de Waterloo...
- ¿Llegaremos a tiempo?
- Sí, muchacho, el horario de arribo es 9.30 A.M. Vaya a dormir ahora, mañana será un lindo día.
El tren había llegado a horario. Edgardo, acicalado con su traje de color mediano, camisa blanca y una corbata indolente, se había despedido del tío Henry con un fuerte apretón de manos y había embarcado casi directamente, pasando por el nuevo cobertizo elevado, cumpliendo las formalidades de inmigración y mostrando su billete número 231945, por el que había pagado £11 10s. Estaba muy atento a todo y había alcanzado a escuchar algunas conversaciones, antes de que un camarero lo invitara a seguirlo a su camarote ubicado en el sector de popa del Titanic, tras franquear una soberbia puerta con vidrios coloreados.
En la mesa del comedor de segunda clase se sentó con Edwina “Winnie” Troutt, maestra, Jacob Milling, inspector de máquinas, el matrimonio Alice y Charles Louch, Frank Andrew, minero, y Bertha Ilett de 17 años.

Entre Southampton y Cherburgo, el joven Andrew visitó la barbería de a bordo. Allí compró dos tarjetas postales muy bonitas y coloridas, mostrando al Titanic “a todo vapor”, raudo, una vista de su proa blanca, amarilla, negra y roja, vista desde el nivel del mar por un testigo al ras del agua, como para impresionar, y algunas embarcaciones a ambas bandas, una goleta muy cerca de la banda de babor, otra barca más alejada y un transatlántico en sentido inverso, distanciándose, toda la imagen para dar la idea de “el más grande del mundo”.. Cuando estuvo de regreso en su camarote, las completó. Una de las tarjetas era para su hermano Wilfred a la estancia de San Ambrosio...Desde este colosal barco tengo el placer de saludarte. Hoy llegaré a Irlanda, donde pasaré unas pocas horas... y la otra para Pancho Despósito, su amigo argentino que estaba estudiando las vacas productoras de leche en Torino, Italia... No vengas a Londres le comentó pues desde el barco más grande del mundo estoy en viaje a los EE UU... un abrazo... Así, se daría aires de importancia...
A la hora del “lunch”, el incomparable Titanic arribó a Queenstown. Allí despachó las tarjetas.

Era el ocaso del domingo 14 de abril. La temperatura exterior empezó a descender y la gran mayoría de los pasajeros fue a guarecerse en el interior del vapor, buscando música, calidez, luces y buena compañía. El mar, negrísimo, contrastaba con las estrellas tachonadas en la interminable esfera celeste, pequeñas algunas, apretadas otras, buscando brillar y destacarse todas. De repente, en algunas partes del navío, se escuchó un largo ruido como de algo raspando. Una silueta sobrecogedora, tallada en hielo y predestinación dibujó su amenazante perfil desde la quietud, en dirección a la banda de estribor.
La voz del vigía Frederick Fleet se había hecho oír en el teléfono interno unido al puente:
- ¡Iceberg al frente!

Sentado en el sofá de su camarote, Edgardo se percató de que algo malo sucedía allá afuera. Al salir al pasillo, se encontró con Edwina y caminaron juntos hacia una salida. Al toparse con un camarero, le preguntaron las causas del apuro del pasaje y ese silencio repentino, aunque se escuchaban gritos nerviosos.

- Fue sólo un iceberg reveló frunciendo la boca.
Minutos después, un marinero ordenó a la aglomeración que se reunía en las salidas:
- Todos los pasajeros pónganse sus salvavidas y vayan a la cubierta principal. Dejen todo. Es sólo por precaución... Luego podrán regresar a sus habitaciones...
Winnie se había adelantado, mientras Edgardo retornaba a buscar su salvavidas, cuando se encontró con
Jacob Milling con quien conversó unos minutos.
- Allá, mire, es Edwina anunció Milling -. ¿Cuál es el problema, señorita Troutt?... ¿Qué significa todo esto? le preguntó cuando la alcanzaron, sorprendido por la cara de preocupación de la joven.
Ella respondió con voz entrecortada:
- Una muy triste despedida para todos nosotros... Este barco se va a hundir.
- ¡Imposible! - negó Edgardo, con una leve sonrisa en sus labios y advirtiendo que ella no tenía chaleco.
El tenía aún el salvavidas en su mano derecha. Miró intensamente a la joven, se acercó y le ayudó a colocárselo.
Milling, mientras tanto, tomaba las manos de Winnie para calmarla. Ella dijo algo como que había visto a un grupo de tripulantes quitar el recubrimiento de lona de uno de los botes salvavidas, mientras otros eran descendidos a nivel de la cubierta. Con aquella evidencia, ella dejaba entender que su convicción en la invulnerabilidad del navío se había desvanecido.
Las 02.32 A.M. figura como la hora oficial del hundimiento del Titanic, como lo comunicara el Carpathia al Olympic. Edgardo Andrew desapareció con el navío. Junto a él, murieron los otros tres acompañantes masculinos de la mesa, mientras que las tres mujeres se salvaron.2 Con ellos, otros mil quinientos pasajeros tripulantes se ahogaron.

Semanas después, la familia en Argentina se enteraba del luctuoso hecho. Wilfred escribió a Silvano:

7 de mayo de 1912

Querido Alfredo:
Me parece increíble que hubiéramos tenido la desgracia de tan irreparable pérdida de nuestro querido hermano, será posible que ya ni la sombra le veremos en este mundo. En fin, así Dios lo habrá deseado y nuestro consuelo es que ya estará mejor que nosotros, libre de toda lucha y sufrimiento en este mundo,
así es querido Alfredo, pero me es duro y doloroso tener que pensar que jamás lo veré al pobre.

2 - Los cuerpos de Louch y Milling fueron recuperados; el de Frank Andrew, jamás.

Durante muchos años, la familia guardó en silencio los recuerdos de Edgardo: su muerte prematura, sus cartas,sus fotografías y su alegría juvenil. Jamás se desvaneció su historia hasta que, en julio del año 2000, una de laexpediciones en busca de objetos en el fondo del mar, donde se encontraban los restos del Titanic, hallaron una valija de cuero marrón. Fue izada a la superficie, conservada y guardada. Una primera inspección de losasombrados especialistas, permitió deducir que pertenecía a Edgardo Andrew Los expertos de la Universidadde Michigan (EE. UU.) comenzaron a restaurar los primeros objetos: unas tarjetas postales, dos cartas, unatoalla, un gorro de lana y un tintero. Estas piezas fueron exhibidas por primera vez en una de las exposicionesitinerantes de la RMS Titanic, en Buenos Aires, de marzo a junio de 2001. Ese fue, quizás, el único contactoentre losfamiliares y la empresa a cargo del naufragio. La valija con el resto del contenido, debe de estar en algún lugar de EE. UU., esperando. El escaso material que pudimos ver nos aportó algunos datos que imaginábamos de la personalidad del joven argentino: que sufría de reuma, que tenía pensado estudiar (llevaba muchos libros), que tenía un diario de viaje y que extrañaba a los suyos (por las postales de Río Cuarto).
Pero lo más valioso lo conservamos y atesoramos nosotros, la familia: el retrato y el recuerdo de esa joven vida, llena de esperanza, tronchada por la soberbia del ser humano. Y lo hacemos con todo sentimiento, pese a la intemperancia de los se creen con derechos a la pertenencia de objetos familiares y personales, con el falso convencimiento de que priva el vil metal por sobre las emociones.

Para conocer la historia completa, se sugiere leer el libro “Una valija del Titanic”, de Enrique Dick, Ed. Edivern, 2005.

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