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"Graf Spee, un buque y un destino
(O de Wilhelmshaven, en Alemania, a Villa General Belgrano)"


La historia, siempre presente, también lo está en este sitio Web, como se podrá apreciar: la semblanza misma de Dick Haus (antaño el Corralón) y el Titanic. Y hay más y es otro buque, en este caso: el acorazado Admiral Graf Spee, y la vida de uno de los más de mil tripulantes que llegaron a estas tierras: Heinrich Rudolf Dick.
Mucho se ha escrito, mucho se ha discutido, es un enorme tema que tiene centenares de variables, aristas, dudas, pero también muchas alegrías. Una de ellas: si aquel buque hubiese salido a combatir tras su estadía en Montevideo en diciembre de 1939, muchas vidas se hubiesen tronchado inútilmente. Su Comandante, el capitán de navío Hans Langsdorff, supo leer el destino, y así Heinrich Rudolf, nuestro padre, llegó a estas serranías.
Antes de comenzar una breve reseña, recomendamos leer el libro “Tras la estela del Graf Spee”, escrito por su hijo y que, con sus seis ediciones, lleva al lector, de la mano, por todas las navegaciones, jornadas y desvelos de Heinrich Rudolf, “Hein”. También, en la revista “Temas”, que aparece todos los meses en el Valle, encontrarán curiosas anécdotas relacionadas a la epopeya, y otras tantas más en el libro “Rasgos de Villa General Belgrano”. Iniciemos pues la singladura.

El navío
El nacimiento del buque, el Panzerschiff Admiral Graf Spee, se remonta a la época de la República de Weimar. Era el tercero de una serie de tres acorazados, denominados vulgarmente “de bolsillo”. El primero de la clase fue el Deutschland, nombre que sería cambiado más tarde por el de Lützow, por una decisión del gobierno, temeroso de un eventual hundimiento de un buque que llevase el nombre de Alemania (Deutschland). La solución, para sortear el limitativo tratado de Versailles, fue conjugar alternativas con un proyecto de un buque acorazado de 10.000 toneladas de desplazamiento con cañones de 28 centímetros para aunar la velocidad del crucero con el poder de fuego de un acorazado. El astillero naval de Wilhelmshaven recibió la orden, bajo el número de contrato 124 de fecha 24 de agosto de 1932, de comenzar la construcción del acorazado “C”, letra clave asignada al Graf Spee.

La botadura del Panzerschiff Admiral Graf Spee se llevó a cabo veintitrés meses después del comienzo de su construcción. Ese 30 de junio de 1934 era un día soleado, colmado de perfumes, anticipo de un verano tórrido; no obstante, todos los que abarrotaban el astillero de Wilhelmshaven vestían ropas oscuras y solemnes. El Almirante Raeder, dos marinos de alta graduación en uniforme de gala, un civil con jaquet y sombrero de copa y una dama, ocupaban el pequeño palco central. Raeder, ostentando con arrogancia sus condecoraciones, leyó un encendido discurso. Eran las palabras del estratega de las grandes unidades de superficie. Su experiencia en la batalla de Skagerrak lo había convencido que la superioridad naval se iba a lograr únicamente mediante el empleo de cruceros y acorazados. Ese buque, que en momentos se mecería en las aguas del Mar Báltico, era un resultado más de su pensamiento.
Cintas de colores, banderas, muchas flores y gallardetes polícromos adornaban la estilizada silueta del naciente buque de la Marina de Guerra Alemana. Dos enormes guinches, como férreos centinelas, se erguían a ambas bandas. El nombre de la nave, en letras góticas negras, era mudo testigo de la emoción de la madrina, la Condesa Huberta von Spee. La hija del Almirante-Conde inmolado en la batalla naval de las Malvinas, esperaba silenciosamente en el palco apretando entre sus manos un recuerdo del padre.
El representante del gobierno se acercó a la madrina. Mujer elegante, vestida de negro y con un sombrero breve para la época, repitió, con voz estridente y alargando la pronunciación del nombre, la fórmula de rigor: -por orden del Presidente del Reich yo te bautizo...Admiral Graf Spee, y arrojó con firmeza la tradicional botella de champagne. El viento fuerte y sostenido de esa jornada no impidió que a botella, ornada con cintas rojas, blancas y negras, cayese sobre el costado de babor del casco acorazado produciendo un ruido sordo y prolongado, casi un eco de profundidades insondables. Una mancha blanca y espumosa se derramó generosamente sobre el acero mientras los numerosos obreros, técnicos, ingenieros y marinos seguían los acontecimientos vitoreando. Una banda de música dio fondo, con los sones del himno alemán, al chirriante ruido de las guías de la quilla ávida de establecer contacto con las aceitosas aguas del astillero. La multitud saludó, gritando vivas y hurras, a la magnífica obra, mientras el casco gris y rojo del flamante buque tomaba contacto con el agua. Diecinueve meses más tarde, el 6 de enero de 1936, el Panzerschiff Admiral Graf Spee ingresó en la nómina de unidades de la Escuadrilla del Báltico.
Los poderosos cañones del buque, respetados, temidos y envidiados por el adversario, merecen un especial comentario. Primero, porque Hein fue artillero y conocía en detalle sus potencialidades. Segundo, eran el arma principal que poseía el buque para cumplir su misión. La artillería principal del Graf Spee, niña mimada de los comandantes, eran los cañones de 28 centímetros de calibre, en dos torres triples, con un alcance nominal y propagandístico de 42,6 kilómetros. En cuanto al casco, la limitación de 10.000 toneladas como máximo, no solamente obligó a investigar nuevas aleaciones, tratamientos y formas constructivas del blindaje sino también al desarrollo de motores de mayor rendimiento y menor peso. Tenía ocho motores que entregaban una potencia de 54.000 caballos. En este aspecto fue importante la experiencia lograda por la empresa MAN en la motorización de los submarinos con máquinas diesel. Detrás de la gran chimenea estaba emplazada la catapulta para un hidroavión. Sus catorce metros de largo aseguraban el despegue del viejo biplano y biplaza Heinkel He 60 que en 1939 fue reemplazado por un monoplano Arado Ar 196. El Graf Spee estaba armado, además, por cañones de 150 mm., antiaéreos de 105, 37 y 20 mm., amén de dos lanzadores de torpedos, de cuatro tubos cada uno, ubicados a popa. Tal vez los adelantos más significativos fueron los relacionados con el incipiente campo de la electrotecnia. Una calculadora de tiro, en la cual se ingresaban los parámetros provenientes de telemetría, de meteorología, del estado de desgaste de cada tubo (cada tubo de 280 milímetros tenía una vida útil teórica de 360 disparos) y de observación del tiro previo proporcionaba automáticamente y en pocos segundos, los datos para la ejecución de una nueva salva. Los severos daños infligidos a los cruceros que enfrentó en la batalla fueron prueba de la mortífera eficiencia de los cañones de 280 milímetros dirigidos por esos sistemas electromecánicos. Los siguientes datos numéricos ilustran y completan el panorama global de lo que fue el Graf Spee: costó 82 millones de marcos, desplazaba a máxima carga 16.230 toneladas, tenía 186 metros de eslora, 21,65 metros de manga y 12,20 metros de puntal. Su capacidad de combustible era de 2.749 toneladas, el radio de acción máximo alcanzaba 8.900 millas náuticas a una velocidad de 20 nudos y su tripulación era de 1.188 hombres.

El marino
Hein nació, según constaba en su partida de nacimiento, el 7 de abril de 1916 en Reddentin, región de Schlawe, Pomerania, hoy territorio polaco.
Su padre, nuestro abuelo, se llamaba Heinrich Rudolf y su madre Emma Pioch. Hein fue el hijo resultante de los permisos de guerra del padre, un soldado más que combatió en la primera conflagración mundial. La actividad de Heinrich Rudolf, su profesión y su vida, eran el campo, el cultivo, su cuidado y su administración. Sus hijos lo recuerdan trabajando la tierra, cosechando sus frutos y cuidando con paciencia tanto a los animales como a los utensilios. Era un hombre fuerte, alto, de mirada firme y enérgica, duro y resistente como un roble.
En 1935 Hein se presentó, llamado a través de una cédula de reclutamiento, al Servicio Alemán de Trabajo, el RAD, en Alt Kolziglow, para cumplir dos años de aplicación. Luego, se presentó voluntario en la Marina de Guerra. Y así, en un día frío, iluminado por un sol apático y perezoso, los aspirantes llegaron a
los dominios de la Quinta Unidad Escuela de Marinería de Eckernförde. Entre ellos, nuestro padre. Tras un intenso período de instrucción, su jefe le comunicó su destino: el acorazado Admiral Graf Spee, surto en la boya A7 en Kiel. Solía contar que…con inquietud y desasosiego, sentimientos que se mezclaron con la emoción y el respeto descendí, con pies inseguros, del pequeño bote a motor y trepé a la escala que lo conducía a la cubierta principal. Me asomé con la cabeza baja, cuidando no tropezar en los últimos tramos. Sólo vi acero y más acero. Tres tubos enormes, largos, impávidos, casi obscenos me encañonaron; era la artillería principal. Una cadena de ancla, gruesa y brillante, cubría toda la extensión desde la gatera hasta el escobén. Más arriba me abrumó la estructura del castillo principal que se erguía altivo desde el centro del buque, erizado de cables, hilos, mástiles, antenas, telémetros y reflectores. En su frente la palabra Coronel, escrita con letras góticas blancas sobre fondo negro, era otro homenaje de la marina a von Spee. El pabellón de guerra ondeaba lánguidamente en el mástil principal saludando nuestra llegada. Sus colores rojo, negro y blanco constituían el único matiz vivo de esa amalgama de grises plomizos.

Las singladuras
El buque realizó diversos viajes de instrucción y Hein conoció España, Portugal, Tánger, Ceuta y Marruecos. Pero un 21 de agosto de 1939, era un lunes, todo cambió. El día se ofrecía como una cálida y soleada jornada de verano, rara en esa región de Alemania. A las diecinueve horas, en medio de un silencio total y sin la presencia de las autoridades ni de la banda de música que siempre presidían las festivas ceremonias de zarpada, se ordenó soltar amarras. El Graf Spee desapareció del puerto, como una sombra, dirigiéndose a través de las compuertas del canal hacia un viaje sin retorno. Sólo el Comandante conocía las órdenes pero no la suerte final que le depararía el destino, ciento dieciocho días después.
El comienzo de la conflagración, la segunda guerra mundial, los sorprendió en alta mar, en una posición de espera a 900 millas marítimas al Este de Bahía, Brasil. El Comandante reunió a la tripulación en popa e impartió las órdenes del Alto Mando de interceptar, neutralizar y eventualmente destruir los mercantes ingleses. Contaba, para operar en los océanos Atlántico e Indico, con el soporte logístico del buque de aprovisionamiento Altmark de 7.921 toneladas y utilizaba un sistema muy preciso e ingenioso de coordenadas para materializar los puntos previstos de reunión y reabastecimiento.
En tres meses, el Spee hundió nueve mercantes ingleses, sin pérdida de vidas y, antes de regresar a Alemania, Hans Langsdorff decidió incursionar por el estuario del Río de la Plata. No muy lejos de allí un Comodoro inglés consultaba sus cartas rodeado de tres capitanes, Comandantes de los cruceros de su escuadra, Ajax, Achilles y Exeter. En una atmósfera de cauto optimismo y de celo profesional, discutían las últimas novedades del Almirantazgo en Londres. Los gruesos dedos del marino recorrían posibles rutas en los mapas, mostrando algunas marcas rojas donde desaparecieron mercantes, señalando las posiciones actuales de otros. Las tres naves surcaban las aguas en formación de línea de frente, barriendo en zigzag el rumbo estipulado, alertas, inquietas. El humo de sus chimeneas, acusador, negro-grisáceo, se elevaba en el horizonte rojizo.
La estela del Graf Spee, blanca, espumosa, mostraba un serpenteo irregular pero definido. El gran bigote en la quilla indicaba decisión, audacia, imperio. El golpeteo de la maquinaria era infernal y no aminoró ni siquiera durante la noche. El humo, eterna compañía del gran navío, se levantaba unos metros por encima del borde de las salientes para terminar acostado suavemente sobre la huella de las hélices. Las olas azuzaban sin tregua los costados del casco.
-Más velocidad -requería el Comandante Langsdorff, a la par que ordenaba afinar los sentidos para asegurar una detección prematura. El majestuoso castillo oscilaba con un vaivén acompasado mientras en el silencio de la madrugada el éter se poblaba de señales eléctricas, de pulsos estáticos y de ruidos perversos. En la sala de radio todos estaban atentos, escuchando comunicaciones y anotando frecuencias.
Un vigía creyó ver, allá adelante, un mechón de humo. -No -se asustó y pensó -¿son dos... o tres?...
El discordante berrido de la alarma despertó a un grupo de hombres que ya estaba despierto.

La batalla
A las seis de la madrugada, desde el Ajax pudo observarse una columna de humo generada por el enorme incremento de potencia aplicado al Spee para aumentar su velocidad al máximo. Desde las tres naves inglesas se emitió la habitual señal luminosa “what ship” a lo que, para sorpresa de todos, el navío respondió con el fuego de su artillería pesada. Consecutivas salvas múltiples se concentraron, desde una distancia de dieciocho mil metros, sobre el Exeter, blanco inicial elegido por ser el mayor de los cruceros de la escuadra. Semejante densidad de fuego acrecentó todavía más la sorpresa y confusión entre los marinos ingleses, quienes suponían que el buque alemán no podía disparar con más de un tubo a la vez, sin dañar los delicados mecanismos de dirección y elevación. Merced a esa superioridad, el Spee logró abrumar, horquillar y virtualmente devastar al Exeter que debió retirarse, a las 07:30 horas, rumbo a las Malvinas, escorado ocho grados, con sesenta y un muertos y varios heridos a bordo.
La batalla en total duró aproximadamente tres horas y media, sin contar las alternativas posteriores de la retirada y del acoso de los barcos ingleses. De la virulencia de la misma da cuenta el hecho que se consumieron casi dos tercios de la munición de 280 milímetros El hostigamiento, que duró varias horas más, se caracterizó por aproximaciones y alejamientos bruscos por parte de los ingleses que intentaban encerrar al navío alemán.
A las 07:40 horas los cruceros Ajax y Achilles, con algunos daños y escasas reservas de munición, se cubrieron de humo, viraron y se alejaron, mientras el Graf Spee puso rumbo a Montevideo. El combate le había costado treinta y seis hombres y casi sesenta heridos. Entró a puerto subrepticiamente, sin práctico ni compañía.
Se inició a partir de allí lo que muchas publicaciones llamaron “la segunda batalla”, en la que no actuaron los cañones sino la diplomacia y la política. Palabras obsequiosas y melifluas, promesas, intereses, actitudes pro-británicas tradicionales en los gobiernos uruguayos y oportunidades que no debían dejarse escapar, caracterizaron esas jornadas.

El final
Luego, todo sucedió muy rápido. El Comandante, obligado por las circunstancias, tomó una resolución y ordenó que la mayor parte de la tripulación pasara, en secreto, al lujoso mercante alemán Tacoma que se encontraba anclado en el puerto. El 17 de diciembre era el último plazo para que el Graf Spee abandonase Uruguay. Días antes, los marinos caídos habían sido enterrados en el cementerio del Norte, con honores.
La zarpada fue presenciada por numeroso público desde las ramblas y edificios más altos. Nadie sabía lo que sucedería. Los dos barcos ingleses, ligeramente lastimados por la reciente batalla, permanecían fuera, atentos como lebreles, pero respetuosos de la zona neutral. En horas, se sumarían más buques aliados. El orgulloso navío detuvo sus máquinas cinco millas río afuera. El “comando de voladura” descendió a una lancha y Langsdorff lo hizo en último lugar. A las 19:52 horas en punto una enorme columna de humo negro se elevó desde el centro del navío; eran las cargas ubicadas en la sala de máquinas. Segundos después otra horrísona detonación sacudió la popa del buque ya en llamas. Había volado la torre B “Scharnhorst” con su depósito de munición. Toda la superestructura ardía envuelta en combustible inflamado. El Spee no se hundió inmediatamente en el bajo fondo del río. Su agonía duró más de sietedías, antes de desplomarse definitivamente.
La tripulación completa, pasó del Tacoma a unos remolcadores y una chata, llegados de Buenos Aires, y
los mil hombres a bordo se alejaron hacia la Argentina.

El otro final
Desembarcados y alojados en el Hotel de Inmigrantes, la tripulación se preparó para enfrentar su destino. Pero la mañana del 20 una pavorosa novedad azotó el frágil estado de ánimo de la marinería. De boca del Primer Oficial de Artillería, Capitán de Fragata Paul Ascher, un comunicado llegó breve y fatal: el Capitán de Navío Langsdorff había seguido el destino de su buque. Durante la noche, envuelto en una bandera alemana, se había quitado la vida. Había cumplido su obligación de oficial.
Se cerró así, casi en las postrimerías de 1939, un capítulo de la existencia de mi padre y de todos sus compañeros que habría de marcar a fuego sus vidas.

La internación
Argentina decretó la internación de todos. La comunidad alemana y el gobierno se ocupó de ellos, hasta que en marzo, fueron trasladados en grupos de doscientos cada uno, al interior: Córdoba, Mendoza, San Juan, Santa Fe y la isla Martín García. Muchos especialista, en particular oficiales, fugaron para volver a Alemania. El grupo de nuestro padre viajó a Córdoba en tren y fueron albergados en los cuarteles de la Policía Montada. Hein, tras deambular por Huerta Grande, consiguió una ocupación como albañil en La Falda. Vivían allí europeos que mantenían tradiciones de principios de siglo. Un día de junio llegó la orden de reunirse en Córdoba capital. El motivo, decía el escueto parte, era asentarse en otro valle, el de Calamuchita.
En un desvencijado ómnibus, partieron de la ciudad y después de pasar por Alta Gracia, se internaron en las serranías. Desfilaban pequeños pueblitos, los ríos Anisacate y San Antonio. El nuevo valle era diferente. Más despoblado que el de Punilla, estaba rodeado sin embargo por las mismas dos cadenas regulares, las Sierras Chicas y las Grandes. El verde de los pastos era más borroso y los árboles, más bajos, tenían tonalidades vivas. Animales silvestres cruzaban el agreste camino provincial ante la vista de los azorados viajeros: pumas, lagartos, cuises, liebres y algunos zorros.
Después de recorrer ochenta kilómetros y haber soportado tres horas de viaje, el ómnibus se detuvo cansado. La villa El Sauce los recibió con sus árboles llorones apenas florecidos, su arroyito cantarino y sus habitantes que hablaban alemán. Los “adelantados”, así los llamaban, fueron alojados en casas de familia en la Villa y en los alrededores. Sobre un terreno donado de quince hectáreas, el grupo cordobés de internados del Graf Spee se preparó para levantar y construir su campamento en Capilla Vieja, distante ocho kilómetros al oeste de El Sauce.
Y así pasaron los años, trabajando, construyendo, explorando, paseando y estudiando. Una vez recibieron la visita de una comisión constituida por un oficial del Ejército, otro de la Armada y cinco civiles, de acuerdo al Convenio Internacional de Ginebra.
Cuando Argentina declaró la guerra al Eje, los marineros pasaron a ser prisioneros de guerra, con control militar. Entretanto, Hein había conocido a Annie Bousquet, de familia francesa e inglesa, de allí su parentesco con Edgardo Andrew, pasajero del Titanic, y se habían casado en septiembre de 1945. Posteriormente, llegó la orden de repatriación.

El regreso
El 14 de febrero, cuando Argentina estaba de vacaciones, Hein y sus camaradas viajaron de la Villa a Córdoba y de allí, en tren, a Buenos Aires, para instalarlos en Campo de Mayo. Los embarcaron en un enorme mercante de dos chimeneas, el Highland Monarch, que el Graf Spee casi enviara al fondo del mar a fines del `39 en circunstancias de casualidades y desaciertos. Los casi 900 “pasajeros” hicieron escala en Freetown y Bilbao y arribaron a Hamburgo el 9 de marzo. Así lo relataron:
Un río Elba desconocido apareció ante la vista de los marinos del Graf Spee. Cientos de barcos hundidos se escalonaban como fúnebre e inmóvil cortejo: pecios deformes, chatas dadas vuelta, destructores partidos, lanchones carbonizados, submarinos despanzurrados, chimeneas, antenas y mástiles de embarcaciones asentadas en el fondo se asomaban con impudicia en ese cementerio silencioso que alguna vez fue pujante puerto. El Highland Monarch navegaba muy lentamente mostrando a los azorados pasajeros la vieja Europa arrasada. En la costa, de un gris plúmbeo, no se veía a nadie. Una fina e insufrible capa de nieve cubría las retorcidas vigas de los pocos galpones del puerto que quedaban en pie. A lo lejos, la torre de la iglesia de San Miguel, ilesa, era el único signo de que Hamburgo aún vivía. Las mujeres que estaban a bordo lloraron al ver tal devastación.
Alojados primero en un campo de concentración, pasaron una cuarentena y fueron progresivamente liberados. Hein se reencontró con su familia, que había huido meses antes del avance ruso. Todo estaba destruido, había que trabajar. Así acaecieron tres años. Annie escribía a Hein y le enviaba chocolates, aceite, cigarrillos, café y hasta cordones para los zapatos. Nuestro padre trabajó en empresas de construcción y tras recibir el permiso de volver, se embarcó en el vapor argentino Entre Ríos, con rumbo a Buenos Aires, en 1949.

De vuelta
Una mañana, cierto olor dulce, a río y a algas en descomposición, penetró por el ojo de buey. Hein, recostado, miró hacia arriba y luego al agua. Las olas eran pequeñas, de color marrón lechoso. A lo lejos se veía una franja gris. Corrió a cubierta para ver mejor, mientras que a lontananza se acercaban dos remolcadores con el práctico. La maniobra de arrastre fue morosa; el Entre Ríos se entregaba sin convicción a la tarea de ser acomodado detrás de la interminable fila de espera de barcos graneleros, cisternas, grandes chatas areneras, petroleros y vapores. El Río de la Plata recibía a Hein por segunda vez con una fisonomía de Buenos Aires que no había cambiado: el Kavanagh, los parques de la Costanera, los solemnes edificios de la Aduana y la Secretaría de Guerra y los escuálidos guinches portuarios, respetaban el recuerdo de diciembre del `39. Casi todo el pasaje se balanceaba a estribor y en proa, frente a un muelle viejo, lugar donde se había juntado una multitud que observaba tan sólo un barco más con inmigrantes. Pero detrás del ojo de buey, Hein miraba con expectativa. En el extremo derecho del gentío una figura delgada, parada en puntas de pie, agitaba un gran pañuelo. Era Annie, mi madre, que en cada pasajero varón creía ver a Hein. Ya más recuperado, mi padre recogió sus valijas, abandonó el camarote y se precipitó hacia la cubierta de popa. Sacó de una valija su única camisa blanca y una toalla y comenzó a agitarlas. El buque, muy cerca del borde del malecón, se apoyó mansamente. Annie reconoció a su esposo y comenzó a saltar y a sollozar, mientras apretaba el pañuelo contra el pecho.

En la Villa
Desde ese momento, el joven matrimonio se instaló en el pueblo. Annie trabajaba de maestra, Hein se dedicó a construir y se movilizaba en un caballo, “Pampa”. Nuestro padre se amoldó pronto a la vida de casado y al nuevo trabajo. Contrató a su primer albañil, don Centeno, y comenzó a progresar. Sus segundo y tercer clientes fueron el señor Broemmel, admirable pintor de cuadros del lugar, y el señor Lockmann. Gracias a la iniciativa de Annie pulió sus presupuestos y ya con la cuarta obra, comenzó a ganar dinero.
Los años pasaron vertiginosamente y con rapidez. Nacieron hijos y la familia progresó. Los antiguos camaradas comenzaron a reunirse, cada vez más, recordaron siempre el mes de diciembre, el de la batalla y de la partida de su Comandante, y así evocaron los 25 años y de allí en más, con grandes concurrencias de otros tripulantes que venían de Alemania, hasta incluso veteranos de los buques antaño adversarios, y fundaron una plazoleta en la Villa, y enaltecieron a su Capitán en el cementerio alemán, cada año.

Hoy
Hoy quedan muy pocos veteranos. Hein falleció en 1992, tras sufrir la pérdida de Annie en 1989. El navío yace en el fondo del río. Muchas veces, al pecio, se han acercado embarcaciones, unas para sustraer recuerdos, y otras, con sentimiento, para depositar alguna corona de flores. A la fecha, no sabemos cuántas toneladas de acero se han llevado. Expuestos, quedan grandes objetos, como el ancla de popa, un cañón de 150 mm., el telémetro principal y el águila de popa. Luego se habló de reflotar el buque. Pero así se manifestaron los marinos:
Hagamos eco entonces, sumando a las consideraciones emotivas y técnicas, de la disconformidad manifiesta de algunos antiguos tripulantes del navío alemán a la operación, con sus razones y como reza la prensa: Dejen tranquilo al Admiral Graf Spee. Langsdorff no quiso esto, por eso prefirió volarlo, para que siguiera navegando en el alma de sus marineros en los que perduró su estela…

Sin embargo, en el fondo de la historia, ha quedado una tradición de honor, caballerosidad, hidalguía, afecto y sentida camaradería, y Villa General Belgrano, especialmente, conservará ese recuerdo, siempre. Y podemos afirmar con certeza, que aún no se ha escrito el último capítulo de esta epopeya. Los descendientes de aquellos marinos conservarán todas las memorias con cariño.

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